Ser padre o madre es una de las experiencias más complejas y transformadoras de la vida. No basta con el amor instintivo; es necesario educar, crecer y sanar nuestras propias heridas para no heredarlas. Como señala Anamar Orihuela en su libro Transforma las heridas de tu infancia, gran parte de los patrones de crianza están marcados por las carencias no resueltas de nuestra historia personal.

Elegir ser padre es educar, dar y amar sin deuda. Es proteger, ofrecer estructura y crear sentido de pertenencia. También implica enseñar a nuestros hijos a amar la vida y a vivirla con nuestro ejemplo. Un hijo no es una inversión ni un seguro para la vejez; no es un objeto de propiedad. Es una encomienda de la vida y, a la vez, una oportunidad de crecer y aprender con todo lo que nos enseña y le enseñamos.

Sin embargo, es muy difícil educar en amor si no vivimos de esa manera. Si no hemos superado nuestras carencias como hombres y mujeres, si no sanamos nuestras heridas, será casi imposible no transmitirlas.

Por eso, para ser un mejor padre necesitamos antes ser mejores adultos. Como señaló Melanie Klein, se trata de ser padres “suficientemente buenos”, no perfectos. Nos equivocaremos muchas veces, pero seremos capaces de reconocerlo, aprender y cambiar. Al fin y al cabo, uno nunca termina de sanar, aprender y crecer.

Ser padres es una de las pruebas más ricas y complejas de la vida. Si eligiéramos con más conciencia, notaríamos que nuestros hijos son un espejo poderoso de nuestra luz y de nuestra sombra. De ahí la importancia de mirar la paternidad con adultez y responsabilidad: si queremos hijos felices, primero necesitamos ser felices como personas y dejar de vaciar en ellos las carencias que nos acompañan.

Padre-niño rechazado

Si eres padre o madre con heridas de rechazo, aprende a acercarte a tus hijos y comunícate de manera afectuosa. Ellos representan una oportunidad de sanar tu propio rechazo, en la medida en que seas capaz de vencer tus defensas y ofrecerles una presencia cercana. La calidez, la capacidad de estar presente y de validar tu autoridad constituyen caminos de sanación tanto para ti como para ellos. Tu presencia es fundamental en su formación; confía en tu fuerza y date importancia.

Si eres hijo de un padre o madre en rechazo, valida su presencia, respeta su autoridad y dales un espacio en tu vida, aunque sea interior. Algo en su historia pudo llevarlos a anularse o a huir; quizá también forman parte de una cadena de rechazo generacional. Honrar y perdonar sus elecciones es un paso clave para dejar de repetir esa herida y construir vínculos más sanos.

Padre-niño abandonado

Los padres con heridas de abandono tienden a cortar las alas de sus hijos para retenerlos cerca. Creen que no pueden vivir sin ellos y confunden el amor con una dependencia absoluta.

Un hijo en esa situación debe aprender a poner límites y establecer una sana distancia, liberándose de la factura emocional heredada. Antes de ser padre, es fundamental construirse una vida propia, interesante y plena, para no usar a los hijos como vía de escape de la incapacidad de ser uno mismo.

Padre-niño humillado

Una madre con herida de humillación suele ser muy controladora de la apariencia de sus hijos. Le gusta presumirlos y muestra su afecto a través de la comida, cayendo muchas veces en el sobrepeso.

Si este es tu caso, date permiso de ser libre y de elegir tus propias responsabilidades. Permite que tus hijos crezcan, resuelvan y enfrenten su vida por sí mismos. Recuerda: tus hijos son prestados. Déjalos ir, libérate de culpas y escucha tu propia voz.

Padre-niño traicionado

Es común que padres fuertes, líderes y emprendedores tengan hijos apagados o pasivos. Muchas veces esto surge de no haber respetado su individualidad y de haberles impuesto expectativas demasiado altas.

La tarea aquí es aprender a confiar en los hijos, reconocer que no son iguales a ti y permitirles aprender incluso a través del dolor. Si eres hijo de un padre controlador, no te esclavices tratando de cumplir sus expectativas. Aprende a seguir tus propias intuiciones y pon una sana distancia. Al perdonar a tu padre controlador, recuperas el control sobre tu propia vida.

Padre-niño en injusticia

No existe la perfección, y tus hijos tienen derecho a ser niños y elegir lo que desean vivir. Evita proyectar en tus relaciones actuales las facturas pendientes con tus padres. Si lo haces desde la carencia o la ira, repetirás la historia; si lo haces desde la conciencia adulta, podrás construir vínculos verdaderamente sanadores.

Padre-adulto

Un padre adulto educa con el ejemplo. No miente si no quiere hijos mentirosos, no critica si no quiere hijos críticos, paga sus deudas y disfruta la vida con dignidad.

Un hijo sano volará y regresará por amor, no por deuda. Un padre adulto regula lo que da, forma en la cultura del esfuerzo y ayuda a desarrollar la capacidad de enfrentar la frustración. Reconoce sus propias carencias y trabaja para no imponerlas en sus hijos.

Además, un padre adulto se informa, estudia y aprende sobre el arte de ser padre. No se conforma con los modelos heredados; busca nuevas herramientas y reconoce que los hijos no se educan solo por instinto.

En definitiva, un padre adulto vive con conciencia y responsabilidad, sabe que está en constante aprendizaje y responde con actitud a los retos de la crianza.

La vida no es únicamente felicidad: también implica retos, pérdidas, aprendizajes y dolor. Ser padres nos coloca frente a esa dualidad, obligándonos a crecer mientras acompañamos a nuestros hijos. Sanar nuestras heridas no es opcional; es un acto de amor hacia nosotros mismos y hacia ellos.

Educar no es moldear hijos perfectos, sino aprender juntos a ser humanos más conscientes.

Referencia: Orihuela, A. (2022). Transforma las heridas de tu infancia. Ciudad de México: Penguin Random House Grupo editorial.

Imagen: https://www.freepik.es/


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