En algún momento de la vida todos hemos sentido que cargamos con heridas invisibles. Una de las más profundas es la de la injusticia, la cual nos empuja a buscar la perfección, a vivir en tensión y a juzgar con dureza tanto a los demás como a nosotros mismos. Como bien explica Anamar Orihuela en su libro Transforma las heridas de tu infancia, sanar no significa olvidar, sino aprender a darnos aquello que nos fue negado en la niñez. En este texto reflexionamos sobre cómo esta herida se manifiesta en la paternidad, en la vida adulta y, sobre todo, en el desafío de reconciliarnos con nuestro niño interno.
Todos los ámbitos donde existe desprotección y desventaja son precisamente aquellos en los que la persona marcada por la herida de injusticia tiende a defenderse y a luchar por la justicia.
La injusticia suele manifestarse en relaciones de autoridad y subordinación: padre-niño, gobierno-ciudadano. Se trata de posiciones jerárquicas en las que la autoridad se ejerce de manera abusiva, autoritaria o violenta, y donde el subordinado vive en constante sometimiento.
Ahora bien, el derecho a ser niño implica poseer la libertad de ser, aprender, explorar, jugar, divertirse, crear, equivocarse, experimentar, ensuciarse, reír y disfrutar. Ser niño es una etapa fundamental porque ahí se aprende a gozar de la vida. Más adelante llegarán los procesos de madurez con nuevas actitudes y responsabilidades, pero la memoria de una infancia feliz se convierte en un refugio al que podemos volver cuando la vida adulta nos lo exige o cuando deseamos sentirnos libres.
Por el contrario, un padre con una herida de injusticia no concede a sus hijos el derecho a equivocarse. Se siente realizado cuando sus hijos se convierten en adultos correctos, inteligentes y aparentemente incapaces de cometer errores.
Asimismo, una persona con una herida de injusticia profunda puede controlarse durante muchos años, ser casi perfecta en todo y dominar sus necesidades y emociones. Sin embargo, llega un momento en el que la “liga” del control se rompe y el dominio se pierde. Esto puede suceder en una etapa puntual o prolongarse durante años.
Estas personas suelen ser extremadamente disciplinadas en ámbitos como la comida, el ejercicio, las compras o el alcohol. No obstante, en algún momento el “niño interno” se escapa y aparecen actitudes compulsivas: comer en exceso, abusar del alcohol o gastar de manera desmedida. Cuando el control regresa, lo hacen acompañados de culpa y vergüenza, sintiendo que fue inadecuado y ocultando lo ocurrido. Si la ruptura del control se prolonga, el desborde es mayor: por ejemplo, quien nunca se permitía llorar, de pronto no puede parar; o quien nunca enfermaba, enferma de todo. Son momentos en los que lo reprimido se libera con fuerza y ya no es posible contenerlo.
En consecuencia, la personalidad herida por la injusticia vive en constante tensión debido al alto nivel de perfección que se autoimpone. Esta exigencia lo coloca a la defensiva, y su reacción clásica suele ser el ataque. Suele estar enojado, lleno de ira frente a lo injusto de la vida. Le molesta la gente floja, desordenada, lenta, incapaz, gorda, infantil o demasiado libre. Considera injusto que existan personas así cuando él, o ella, se esfuerza al máximo cada día en la búsqueda de la perfección.
Como bien dice un principio profundo: todo lo reprimido sale pervertido.
Ahora bien, aunque desaprender resulta difícil, también es cierto que el camino se disfruta día a día.
La paternidad implica mucho más de lo que imaginamos. Para ser buenos padres debemos tener la capacidad de dar aquello que nos fue negado; pero para darlo, primero debemos tenerlo dentro de nosotros. No sorprende entonces que estemos tan heridos y que arrastremos tantas necesidades no resueltas. Nuestros padres, aunque bien intencionados, no estaban preparados para ejercer una paternidad amorosa y responsable: fueron, en general, ignorantes más que maliciosos.
Sin embargo, cuando elegimos sanar nuestras heridas, también elegimos darnos aquello que se nos negó. Lo hacemos a través de un proceso amoroso, paciente, constante y firme. Es normal que no siempre lo logremos, que nos frustremos al caer en los mismos patrones; después de todo, luchar contra lo que hemos sido constituye la verdadera batalla. Por eso, son pocos quienes lo logran y aún menos los que se sostienen en el camino.
Aun así, es importante inspirarnos, recordar una y otra vez lo que anhelamos, cultivar la fe en nosotros mismos, tener paciencia y mantener una dosis firme de voluntad.
Y, sobre todo, recordar una verdad sencilla pero poderosa: no tienes que ser bueno siempre.
Sanar nuestras heridas no es un camino lineal ni fácil, pero sí profundamente liberador. Reconocer la herida de injusticia es un paso para reconciliarnos con nuestro niño interior y abrirnos a una vida más auténtica, libre de la exigencia de perfección. Si este texto resonó contigo, te invito a reflexionar sobre tu propia historia, compartirlo con alguien que pueda necesitarlo y dejar tus comentarios.
Recuerda: sanar también es inspirar a otros a sanar.
Referencia: Orihuela, A. (2022). Transforma las heridas de tu infancia. Ciudad de México: Penguin Random House Grupo editorial.
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